Jueces y Rut - Comentario Matthew Henry

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Comentario expositivo y práctico a los libros de Jueces y Rut. Nueva versión íntegra y fiel de la obra original.

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Contiene la historia —según el cómputo del Dr. Lightfoot— de doscientos noventa y nueve años, contando los cuarenta años de Otoniel de Judá (cap. 3:11), los ochenta de Aod de Benjamín (cap. 3:30), los cuarenta de Barac de Neftalí (cap. 5:31), los cuarenta de Gedeón de Manasés (cap. 8:28), los tres años de su hijo Abimelec (cap. 9:22), los veintitrés de Tola de Isacar (cap. 10:2), los veintidós de Jair de Manasés (cap. 10:3), los seis de Jefté de Manasés (cap. 12:7), los siete de Ibzán de Judá (cap. 12:9), los diez de Elón de Zabulón (cap. 12:11), los ocho de Abdón de Efraín (cap. 12:13-14), los veinte de Sansón (cap. 16:31), doscientos noventa y nueve años en total. En lo que se refiere a los años de servidumbre, se dice que Eglón los oprimió durante dieciocho años (cap. 3:14) y Jabín durante veinte (cap. 4:2-3), y así algunos otros, y se supone que todos ellos coincidirían con algunos de los años de los jueces.

Parece ser que los jueces aquí citados pertenecieron a ocho tribus distintas, de modo que el honor estuvo repartido hasta que, al final, se centró en Judá. Elí y Samuel, los dos jueces que no están en este libro, eran de la tribu de Leví. Al parecer, no hubo ningún juez procedente de las tribus de Rubén, Simeón, Gad o Aser. Hasta el final del capítulo 16, tenemos en este libro la historia de todos estos jueces, por su orden. Y después, en los cinco últimos capítulos, tenemos la narración de acontecimientos memorables que sucedieron —como ocurrió también en la historia de Rut—, en los días que gobernaban los jueces (Rt 1:1). Pero no tenemos certeza en cuanto a los días de qué juez. En cualquier caso, están relacio- nados todos juntos al final del libro para no interrumpir el hilo general de la historia. Ahora bien, en lo que se refiere al estado de la ciudadanía de Israel durante este período:

I. La descripción de este pueblo tan especial, gobernado como estaba por tales leyes y enriquecido con tales promesas, no se manifiesta aquí tan grande y excelente como podríamos esperar. Encontramos que estaban miserablemente corrompidos y miserablemente oprimidos por los pueblos que los rodeaban y, en ningún lugar del libro, bien sea en la guerra o en el consejo, tienen una importancia que sea proporcional a la de su gloriosa entrada en Canaán. ¿Qué diremos a esto? Dios nos quiere mostrar aquí la lamentable imperfección de todas las personas y cosas que existen bajo el sol, para que busquemos la felicidad y la santidad comple tas en el otro mundo y no en este. Sin embargo:

II. Podemos esperar que, aunque el historiador se extiende más en este libro en sus provocaciones y sufrimientos, hubiera una forma de religión sobre la faz de la tierra; y, aunque algunos fueron arras- trados a la idolatría, se mantuvo, a pesar de todo, el servicio del tabernáculo, siguiendo las leyes de Moisés, y eran muchos los que asistían a él. Los historiadores no constatan el curso normal de la justicia y el comercio de una nación —porque lo dan por supuesto—, sino las guerras y los desórdenes que suceden; pero el lector debe tenerlo todo en cuenta para equilibrar la negrura de ellos.

III. Parece ser que, en aquel tiempo, cada tribu tenía normalmente su propio gobierno y actuaba por separado. No tenían un jefe común, ni tampoco un órgano de gobierno. Esto ocasionó muchas diferencias entre ellos y les impidió ser o hacer algo importante.

IV. El gobierno de los jueces no fue constante, sino accidental. Cuando se dice que después de la victoria de Aod reposó la tierra ochenta años (3:30), y después de Barac, cuarenta años (5:31), no sabemos con certeza si vivieron y, mucho menos, si gobernaron durante tanto tiempo. Lo que sabemos es que ellos y los demás fueron levantados y animados por el Espíritu de Dios para prestar un servicio especial a todos, cuando había necesidad, para vengar a Israel de sus enemigos (cf. cap. 5:2 RVR 1909) y purificar a Israel de sus idolatrías, que son las dos cosas que se dan a entender con juzgar a Israel. Sin embargo, a Débora, como profetisa, todos los hijos de Israel subían [...] en juicio (cap. 4:4-5), antes de que hubiese necesidad de que actuara en la guerra.

V. Durante el gobierno de los jueces, Dios fue de una manera muy especial el rey de Israel, como les dice Samuel cuando deciden desechar esta forma de gobierno (cf. 1 S 12:12). Dios quería probar qué haría su propia ley y los estatutos de esta para mantenerlos en orden, y resultó que cuando no había rey en Israel, cada uno hacía lo que bien le parecía (caps. 17:6; 21:25); por tanto, en los últimos tiempos de esta época, Dios hizo que el gobierno de los jueces fuera más constante y generalizado que al principio y, finalmente les dio a David, un rey conforme a su corazón (1 S 13:14). Y fue entonces, y no hasta entonces, cuando Israel comenzó a florecer. Esto nos debería llevar a estar muy agradecidos por nuestros gobernantes de superior o inferior rango, porque son servidores de Dios para nuestro bien (Ro 13:4). Cuatro de los jueces de Israel —Gedeón, Barac, Sansón y Jefté— aparecen en el canon de los héroes de la fe (Heb 11:32). El erudito obispo Patrick8 cree que el profeta Samuel fue el escritor de este libro.

En la introducción al libro de Ruth Matthew Henry escribió: Esta breve historia de los asuntos domésticos de una familia concreta sigue acertadamente al libro de Jueces (los sucesos relatados aquí sucedieron en los días de los jueces), y acertadamente va delante de los libros de Samuel, porque al final se introduce a David. Sin embargo, los judíos, en sus biblias, lo separan de ambos, y lo hacen uno de los cinco Meguilloth, o Volúmenes, los cuales ponen juntos hacia la parte final, en este orden: Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés y Ester.

Es probable que Samuel fuera su escritor. No relata milagros ni leyes, guerras ni victorias, ni las revoluciones de los Estados, sino primero la aflicción, y más adelante el consuelo, de Noemí; primero la con- versión, y más adelante el enaltecimiento de Rut. Muchos sucesos similares habían ocurrido, los cuales podríamos pensar que quizá eran igualmente dignos de constatarse; pero Dios vio adecuado transmitirnos el conocimiento de estos; y aun los historiadores seculares piensan que tienen libertad para escoger sus temas.

El propósito de este libro es:
I. Guiarnos a la providencia, para mostrarnos cuán familiarizada está con nuestros intereses privados, y para enseñarnos a poner la mirada en ella en todos ellos, reconociendo a Dios en todos nuestros caminos (Pr 3:6) y en todos los sucesos que nos conciernen. (Véase 1 Samuel 2:7-8; Salmo 113:7-9).
II. Guiarnos a Cristo, quien descendió de Rut, y con parte de cuya genealogía concluye el libro, de donde se toma y se incluye en el capítulo 1 de Mateo. En la conversión de Rut la moabita, y su incorporación al árbol genealógico del Mesías, tenemos un tipo del llamamiento de los gentiles a su debido tiempo a la comunión de Cristo Jesús nuestro Señor (cf. Ef 2:13-16). Tenemos un relato de las aflicciones de Noemí y de Rut en el capítulo 1. Ejemplos de su diligencia y humildad en el capítulo 2. Su concertación de una alianza con Booz en el capítulo 3. Y, con ello, su feliz asentamiento, en el capítulo 4. Y debemos recordar que la escena se des- arrolla en Belén, la ciudad donde había de nacer nuestro Redentor.

Sobre los comentarios expositivos de Matthew Henry C.H. Spurgeon escribió:

Por ser el primero entre los mejores en cuanto a utilidad, estamos obligados a mencionar a aquel cuyo nombre es ya una palabra cotidiana: Matthew Henry. Es sumamente piadoso y conciso, sólido y sensato, sugerente y sobrio, sucinto y de confianza. Encontraréis que resplandece con metáforas, es rico en analogías, rebosa de ilustraciones y abunda en reflexiones. Su estilo es, por lo general, sencillo, evocador y lleno de contenido. Ve el sentido del texto directamente y ofrece el resultado de un minucioso conocimiento crítico de los originales a la altura de los mejores críticos de su época. Es profundamente espiritual, celestial y beneficioso, encuentra el contenido de cada texto y de todos ellos extrae lecciones enormemente prácticas y acertadas. El suyo es un tipo de comentario que debe colocarse donde lo vi en la antigua casa de reunión en Chester: encadenado en el vestíbulo para que cualquier persona pudiera leerlo. Es el comentario del hombre de a pie, el viejo compañero del cristiano, adecuado para cualquiera, instructivo para todos.

Todo pastor debería leer a Matthew Henry de forma completa y cuidadosa al menos una vez. Recomiendo que lo hagas en los doce meses posteriores a terminar el seminario. Comienza por el principio, y proponte atravesar la tierra desde Dan hasta Beerseba. Adquirirás una enorme provisión para tus sermones si lo lees con un cuaderno a mano; los pensamientos revolotearán a tu alrededor como golondrinas que trinan alrededor de un tejado a la llegada del otoño. Si expones públicamente el capítulo que has estado leyendo, tu congregación se asombrará por la novedad de tus observaciones y la profundidad de tus pensamientos, y entonces podrás decirles qué gran tesoro es Henry.


9788418606052
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