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1 y 2 Crónicas - Comentario Matthew Henry

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Comentario expositivo y práctico a los libros de 1 y 2 Crónicas. Nueva versión íntegra y fiel de la obra original.

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Cabría pensar que, de todos los libros de la Sagrada Escritura, podríamos prescindir fácilmente de estos dos libros de Crónicas. Tal vez sería posible y, sin embargo, mal podríamos prescindir de ellos, porque hay en ellos muchas cosas útiles y excelentes, que no encontramos en ninguna otra parte. Y en cuanto a lo que encontramos aquí y que ya hemos conocido:
1. Pudo ser de gran utilidad para los que vivían cuando estos libros se publicaron por primera vez, antes de que se completara el canon del Antiguo Testamento y se reunieran las partes de este; pues les recordaría lo que se relataba con más detalle en los otros libros. Los resúmenes, las síntesis y las referencias son útiles tanto en el campo de la Teología como en el del Derecho. Quizá puede que no se diga en vano lo que, sin embargo, ya se ha dicho antes.

2. Sigue estando vigente que de la boca de dos [...] testigos conste toda palabra (Mt 18:16; 2 Co 13:1) y, siendo inculcada, sea recordada. Se supone que el autor de estos libros fue Esdras, aquel escriba experto en la ley del Señor (Esd 7:6). Es una historia infundada la de aquel escritor apócrifo (cf. 2 Esd 14:21, etc.) según el cual, habiendo sido quemada toda la ley, Esdras fue inspirado divinamente para escribirla toda de nuevo, lo cual, sin embargo, pudo surgir de los libros de Crónicas, donde encontramos, aunque no toda la misma historia repetida, sí los nombres de todos los que fueron protagonistas de esa historia. Estos libros se llaman en hebreo «las palabras de los días»: diarios o anales, porque, por indicación divina, se recopilaron a partir de algunos registros públicos y auténticos. La recopilación se hizo después del cautiverio y, sin embargo, el lenguaje de los originales —escritos anteriormente— a veces se conserva, como en 2 Crónicas 5:9: Y allí están hasta hoy, lo cual debe de haber sido escrito antes de la destrucción del Templo. La traducción griega, la Septuaginta, lo llama libro Paraleipomenon: de las «cosas dejadas» o pasadas por alto por los historiadores precedentes; y hay varias cosas así en él. Es la retaguardia —el ejército recogedor— de este campo sagrado, que recoge lo que quedó, para que no se pierda nada (Jn 6:12).

En este primer libro tenemos:
I. Una colección de genealogías sagradas, desde Adán hasta David; y no son ninguna de las que el apóstol llama genealogías interminables (1 Ti 1:4), sino que tienen su aplicación y final en Cristo (cf. caps. 1-9). Se insertan aquí varios pasajes breves de la historia que no vimos antes.
II. Una repetición de la historia del traspaso del reino de Saúl a David, y del triunfo del reinado de David, con grandes adiciones (cf. caps. 10-21).
III. Un relato original del ordenamiento que hizo David de los asuntos eclesiásticos, y la preparación que hizo para la edificación del Templo (cf. caps. 22:29). Estas son las «palabras de los días», de los días más antiguos, de los mejores días, de la Iglesia del Antiguo Testamento. Los reinados de los reyes y las fechas de los reinos, así como la vida de las personas comunes, se cuentan por «días»; porque un poco de tiempo produce a menudo un gran cambio y, sin embargo, todo el tiempo no es nada comparado con la eternidad.

En relación al segundo libro de Crónicas Matthew Henry escribió: Este libro comienza con el reinado de Salomón y la edificación del Templo, y continúa la historia de los reyes de Judá desde entonces hasta el cautiverio, y así concluye con la caída de esa ilustre monarquía y la destrucción del Templo. Esa monarquía de la casa de David, así como fue anterior en el tiempo, también fue superior en valor y dignidad a todas esas cuatro célebres con las que soñó Nabucodonosor. Considero que la monarquía babilónica comienza en el propio Nabucodonosor: «Tú eres aquella cabeza de oro (Dn 2:38)», y no duró más de unos setenta años; la monarquía persa, en varias familias, unos ciento treinta; la griega, en sus diversas ramas, unos trescientos; y trescientos más llegaron con la romana. Pero así como considero a David un héroe más grande que cual- quiera de los fundadores de esas monarquías, y a Salomón un soberano más magnífico que cualquiera de los que fueron las glorias de ellas, así la sucesión se mantuvo en una descendencia lineal a lo largo de toda la monarquía, la cual continuó siendo importante entre cuatrocientos y quinientos años y, después de un largo eclipse, resplandeció de nuevo en el Reino del Mesías, cuyo aumento de su soberanía y de la paz no tendrán fin (Is 9:7 LBLA). Esta historia de la monarquía judía, al igual que es más auténtica, es más entretenida e instructiva que las historias de cualesquiera de esas monarquías.

Anteriormente vimos la historia de la casa de David, en los libros Primero y Segundo de Reyes, entremezclada con la de los reyes de Israel, la cual allí ocupó más espacio que la de Judá; pero aquí la tenemos completa. Aquí se repite mucho de lo que vimos antes, sin embargo, se amplían muchos de los pasajes de la historia y se añaden otros que no vimos antes, especialmente en relación con los asuntos de la religión; porque es una historia de la Iglesia, y se escribió antes, para nuestra enseñanza (Ro 15:4), para que las naciones y las familias sepan que entonces, y solo entonces, pueden esperar prosperar: cuando se mantienen en el camino de su deber para con Dios; porque durante todo el tiempo los reyes buenos prosperaron, y los reyes malos sufrieron.

Tenemos el reinado pacífico de Salomón (cf. caps. 1-9.), el reinado manchado de Roboam (cf. caps. 10-12), el corto pero ocupado reinado de Abías (cf. cap. 13), el largo y feliz reinado de Asa (cf. caps. 14-16), el piadoso y próspero reinado de Josafat (cf. caps. 17-20), los impíos e infames reinados de Joram y Ocozías (cf. caps. 21-22), los reinados inestables de Joás y Amasías (cf. caps. 24-25), el largo y próspero reinado de Uzías (cf. cap. 26), el ordenado reinado de Jotam (cf. cap. 27), el profano y malvado reinado de Acaz (cf. cap. 28), el benévolo y glorioso reinado de Ezequías (cf. caps. 29-32), los malvados reinados de Manasés y Amón (cf. cap. 33), el reformador reinado de Josías (cf. caps. 34- 35), los ruinosos reinados de sus hijos (cf. cap. 36).

Júntese todo esto, y la verdad de aquella palabra de Dios se manifestará: Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco (1 S 2:30). El erudito Sr. Whiston, en su Cronología, sugiere que los libros históricos que se escribieron después del cautiverio (a saber, los dos libros de Crónicas, Esdras y Nehemías) tienen más errores en los nombres y los números que todos los libros del Antiguo Testamento, debido a la negligencia de los transcriptores; pero, aunque se acepte esto, las cosas son tan insignificantes que podemos confiar en que el fundamento de Dios está firme (2 Ti 2:19), a pesar de ello.

Sobre los comentarios expositivos de Matthew Henry C.H. Spurgeon escribió:

Por ser el primero entre los mejores en cuanto a utilidad, estamos obligados a mencionar a aquel cuyo nombre es ya una palabra cotidiana: Matthew Henry. Es sumamente piadoso y conciso, sólido y sensato, sugerente y sobrio, sucinto y de confianza. Encontraréis que resplandece con metáforas, es rico en analogías, rebosa de ilustraciones y abunda en reflexiones. Su estilo es, por lo general, sencillo, evocador y lleno de contenido. Ve el sentido del texto directamente y ofrece el resultado de un minucioso conocimiento crítico de los originales a la altura de los mejores críticos de su época. Es profundamente espiritual, celestial y beneficioso, encuentra el contenido de cada texto y de todos ellos extrae lecciones enormemente prácticas y acertadas. El suyo es un tipo de comentario que debe colocarse donde lo vi en la antigua casa de reunión en Chester: encadenado en el vestíbulo para que cualquier persona pudiera leerlo. Es el comentario del hombre de a pie, el viejo compañero del cristiano, adecuado para cualquiera, instructivo para todos.

Todo pastor debería leer a Matthew Henry de forma completa y cuidadosa al menos una vez. Recomiendo que lo hagas en los doce meses posteriores a terminar el seminario. Comienza por el principio, y proponte atravesar la tierra desde Dan hasta Beerseba. Adquirirás una enorme provisión para tus sermones si lo lees con un cuaderno a mano; los pensamientos revolotearán a tu alrededor como golondrinas que trinan alrededor de un tejado a la llegada del otoño. Si expones públicamente el capítulo que has estado leyendo, tu congregación se asombrará por la novedad de tus observaciones y la profundidad de tus pensamientos, y entonces podrás decirles qué gran tesoro es Henry.


9788418606434

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