{"id":4299,"date":"2016-02-16T16:41:33","date_gmt":"2016-02-16T16:41:33","guid":{"rendered":"http:\/\/editorialperegrino.com\/?p=4299"},"modified":"2016-03-01T17:21:11","modified_gmt":"2016-03-01T17:21:11","slug":"los-hombres-no-lloran","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/editorialperegrino.com\/blog\/los-hombres-no-lloran\/","title":{"rendered":"\u00a1Los hombres no lloran!"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><strong>\u00a1Los hombres no lloran!<\/strong> Eso me dijeron cuando era m\u00e1s joven. En las peleas y luchas en el recreo del colegio, con el ojo morado, \u00a1los hombres no lloran! Castigado en casa, casi siempre de forma justa, hay que aguantar, porque los hombres no lloran. En el jard\u00edn, sufriendo una cruel injusticia a manos de mis tres hermanas, que no te vean llorar; recuerda que los hombres no lloran. En el campo de rugby, aplastado, crujido, en agon\u00eda, pero los hombres no lloran.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y si los hombres no lloran, <strong>mucho menos los hombres ingleses<\/strong>. Esos ingleses que desde peque\u00f1os aprenden que lo que menos se debe hacer es mostrar los sentimientos en p\u00fablico.\u00a0 Esos seguidores de Shakespeare que, lejos de saludarse a lo espa\u00f1ol con abrazos y besos (de hombres hablamos), se extienden la mano mutuamente para mantener intacto este metro obligatorio de zona de exclusi\u00f3n. Nada de emociones. No hay que exteriorizar los sentimientos. Que nadie se entere de lo que sientes. No, no lloran los hombres, los de verdad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero el jueves pasado este hombre llor\u00f3. S\u00ed, el que escribe. Este hombre ingl\u00e9s, que por su cultura y su formaci\u00f3n debi\u00f3 haber mantenido el tipo y no inmutarse en absoluto; <strong>s\u00ed, llor\u00f3. Llor\u00e9<\/strong>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Era el tercer d\u00eda de mi viaje a Cuba. Estuve, con mi amigo Juan Haeser, en el centro de la isla, en una poblaci\u00f3n llamada Oliver, a treinta kil\u00f3metros de la ciudad de Santa Clara. Estuvimos visitando el Seminario Teol\u00f3gico \u00abPinos Nuevos\u00bb y, despu\u00e9s de hablar largo y tendido con el vicerrector acerca de los libros, me pregunt\u00f3: <strong>\u00ab\u00bfQuieres ver nuestra biblioteca?\u00bb.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sab\u00eda lo que me esperaba. Sab\u00eda que iban a ser pocos los libros. Sab\u00eda que en Cuba hay una gran escasez de buena literatura cristiana. Sab\u00eda que <strong>muchos pastores pueden guardar su biblioteca en una caja de zapatos<\/strong>. Sab\u00eda que para mis hermanos cubanos un buen libro vale su peso en oro. Todo esto me lo sab\u00eda. Pero la teor\u00eda no me prepar\u00f3 para experimentarlo en la carne.<\/p>\n<p class=\"alignright\" style=\"text-align: justify;\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignright size-thumbnail wp-image-4306\" src=\"https:\/\/editorialperegrino.com\/blog\/wp-content\/uploads\/Biblioteca-Pinos-Nuevos1WEB1-150x128.jpg\" alt=\"Biblioteca-Pinos-Nuevos1WEB\" width=\"150\" height=\"128\" \/>Se nos abren las puertas de la biblioteca y nos revelan unas pocas estanter\u00edas, cada una con sus libros. Muchos de ellos viejos, hasta rotos. Bastantes t\u00edtulos repetidos. Juegos incompletos, esperando aquel d\u00eda cuando lleguen los tomos que faltan. <strong>Muchos libros peque\u00f1os y pocos libros grandes<\/strong>; es decir, sin los libros de referencia que son normales en cualquier biblioteca de un lugar acad\u00e9mico.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pens\u00e9 en las horas que hab\u00eda pasado en la biblioteca de mi seminario, perdido entre sus miles de t\u00edtulos. <strong>Pens\u00e9 en mi propio despacho en casa<\/strong> con los libros que he podido coleccionar durante casi 35 a\u00f1os en la fe y el ministerio. Pens\u00e9 en el almac\u00e9n de Peregrino a rebosar con libros. Mir\u00e9. Pens\u00e9. Empec\u00e9 a hablar\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>\u2026Y llor\u00e9.<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/editorialperegrino.com\/blog\/wp-content\/uploads\/Mateo-252x300.jpg\" alt=\"OLYMPUS DIGITAL CAMERA\" width=\"63\" height=\"75\" \/><a href=\"https:\/\/editorialperegrino.com\/blog\/wp-content\/uploads\/Firma-MPH002.png\" rel=\"wp-prettyPhoto[3677]\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/editorialperegrino.com\/blog\/wp-content\/uploads\/Firma-MPH002-300x135.png\" alt=\"Firma-MPH002\" width=\"175\" height=\"85\" \/><\/a><\/p>\n<p>Mateo Hill<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/director@editorialperegrino.com\" target=\"_blank\">director@editorialperegrino.com<\/a><\/p>\n<div><em>Se permite la reproducci\u00f3n de este art\u00edculo siempre que se cite su procedencia y se indique la direcci\u00f3n de nuestra p\u00e1gina web.<\/em><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a1Los hombres no lloran! 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