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Violati fulmina regin

Violati fulmina regin

Violati Fulmina Regin

La Feria de Libro de La Habana fue algo completamente diferente. Estoy acostumbrado a las típicas ferias con sus stands montados dentro de un salón enorme, tal como puede ser Madrid. Pero en La Habana la celebran en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Paseando por las calles de la fortaleza, uno va pasando por un sinfín de puertas que dan entrada a habitaciones que tienen más que ver con mazmorras.

Cada habitación hospedaba una o varias casas editoriales, que presentaban sus novedades y mercancías. Si brillaban por su ausencia las grandes editoriales mundiales, sí destacaban muchas editoriales cuya línea editorial encajaba con el régimen en la isla.

Dicho esto, y como excepción muy agradable, encontramos un «stand» montado entre unos hermanos de la Iglesia de Cristo y los Menonitas, donde se ofrecían Biblias, libros evangélicos y literatura evangelística. ¡Qué animo ver a la gente acercarse y comprar!

ViolatiWEBNuestro recorrido nos llevó por los muros que miran hacia el río, donde se celebra todos los días el «Cañonazo» a las nueve de la noche. Allí montado en un carro réplica, encontré un cañón de 1737 fundado en Sevilla, con la siguiente inscripción: violati fulmina regin.

Ahora bien, hace muchos años que no estudio latín, pero excavando profundo en los recuerdos de mi infancia, saqué una traducción que por lo que he podido averiguar, no está muy lejos de lo correcto: Los relámpagos del rey ofendido. La gente que recibía los cañonazos repartidos por el fusil, sufría las consecuencias de haber ofendido al rey de las Españas, en este caso creo que era Felipe V, el animoso.

Dejando a un lado mi pobre latín y el hecho de que la inscripción podría estar mal escrita, me llamaba la atención el significado general de las palabras. Cuando ofendemos a un rey hay consecuencias nefastas. ¿Y si ofendemos al Rey de reyes?

Hoy día el concepto del pecado no es muy popular, incluso en algunas iglesias. La idea de que un Dios de amor podría ofenderse queda anticuada, y más aún la idea de que Dios castiga a las personas. Pero el Dios de amor es a la vez el Dios soberano, el Monarca de todo el universo. Y cuando le ofendemos hay consecuencias.

El día que marca un antes y un después en la vida de todo cristiano auténtico es aquel día en que se da cuenta de que es un pecador y que ha ofendido a Dios. Se arrepiente de sus pecados y le pide perdón, confiando en la muerte del Señor Jesucristo, quien llevó su castigo en la cruz del Calvario. Quien no haya pasado por esta experiencia no tiene ningún derecho a llamarse cristiano.

Pero al haber pasado por allí, en mi caso hace treinta y seis años ¡gracias a Dios!, no puedo pensar que se ha acabado. Todavía soy capaz, muy capaz de ofender a mi Rey. ¡Y sigue en pie lo de «violati fulmina regin»! No es que Dios deje de amarnos. Tampoco es que me eche de su Reino al Infierno eterno.

Pero mis pecados ofenden a mi Rey. Y habrá consecuencias. Puede ser un castigo «fulminante» que Dios envíe expresamente a causa de un pecado específico. Puede ser «simplemente» que se aleje de nosotros, que la relación se enfríe algo por falta de cercanía. Puede ser esa falta de paz que nos atormenta por habernos rebelado contra la voluntad de nuestro Rey. Sea como sea, hay consecuencias.

Gracias a Dios, mi pecado está perdonado. Mis pecados también. Fueron clavados en la cruz. Pero necesito tener mucho cuidado. No tengo licencia para pecar, más bien una obligación a servir a mi Rey. Si no lo hago, le ofendo. ¡Cuántas veces, por mi propia torpeza, la artillería de Dios me apunta, y sufro las consecuencias de haber ofendido a mi Rey y Señor!

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Mateo Hill

director@editorialperegrino.com

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