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¿Sanos y salvos?

¿Sanos y salvos?

¿Sanos y salvos?

En la iglesia ayer estuvimos mirando el pasaje de Hechos 14 donde Pablo y Bernabé se encuentran en Listra y sanan al al hombre lisiado de los dos pies. ¡Qué alboroto entre la gente! Hasta quieren pensar que los apóstoles son dioses bajados del cielo. Y esto no dista mucho de cómo reacciona la gente hoy. Aunque muchos, en la práctica, no creen en Dios, siguen creyendo en los dioses, los santos y las vírgenes. Y cualquier cosa que huele a sobrenatural se atribuye a los que menos poder tienen para haberlo hecho.

Los cristianos tenemos un Dios poderoso, que es el Todopoderoso. Un Dios que sigue hoy con el mismo poder para sanar como en los tiempos bíblicos; quien no cree esto no tiene derecho a llamarse cristiano. Y nos estimula mucho la idea de que este Dios todopoderoso podría responder a nuestras oraciones de una forma sobrenatural para sanar al enfermo. Es que oramos oramos al Dios que puede hacer abundantemente por encima de lo que pensamos o pedimos.

Pero venimos delante de la cruz. Vemos allí a Jesús. Un cuerpo maltratado, el hombre dolorido. Un cuerpo que necesita urgentemente ser sanado. Pero allí se queda. Porque no le interesa la sanidad propia, ni la sanidad del cuerpo de su pueblo, sino la sanidad del sus almas. Y es precisamente por el cuerpo malherido del Señor Jesucristo que el ser humano pecador puede recibir la total sanidad de su alma.

Nos quedamos cortos

Por eso es triste ver cómo algunos se quedan en los milagros de Jesús, sin ir a más. Es muy fácil quedarnos mirando los milagros, centrándonos en ellos, incluso intentando organizar encuentros para que haya milagros “bajo demanda”. Y por supuesto, no queremos limitar a Dios. Pero es que hay mucho más. Todo lo que nos ofrece Dios no se queda en un simple milagro. Jesucristo mismo nos dijo que era mejor entrar en el cielo con un ojo que ir a la condenación con dos. Para él, y así lo demuestran los Evangelios, los milagros eran un apoyo a su ministerio y no la meta final. En Juan 10:38 Jesús claramente pone a sus milagros por debajo de sus palabras y su persona. En otras palabras, nadie llega al cielo por creer que Jesús hacía milagros o por haber sido sanado físicamente por Dios, sino porque Dios le ha sanado el alma por medio de la muerte, la entrega del cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en la cruz.

¡Sanos y salvos!

Y si lo pensamos bien, ¿cuál es el mejor milagro: qué me sane el cuerpo que dentro de poco volverá a ser polvo en la tumba, o que me sane el alma que va a alabar a Dios eternamente unida a una cuerpo glorificado y sano? Al creyente le espera un futuro glorioso, sano, perfecto, sin lágrimas, un futuro que nunca acabará. Y lo tenemos regalado gracias a la gracia inmensa e inmerecida de nuestro Dios. ¡Cuán grande es el evangelio de mi Dios!

Bueno, esto es lo que saqué del sermón de ayer. Me ayudó a mí, y espero que al compartirlo te haya ayudado a ti también.

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Mateo Hill   administracion@editorialperegrino.com

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