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La Palabra de Dios no se pierde

La Palabra de Dios no se pierde

La Palabra de Dios no se pierde

La semana pasada me costó escribir el blog. De hecho, vio la luz el martes en vez del lunes. La verdad es que no me llegaba la inspiración del todo y no sabía que escribir. Tenía algunas ideas rondándome la cabeza pero no me convencían del todo. Así qué las dejé y decidí tomar la senda de Zacarías, y examinar la visión de los cuernos y los carpinteros.

Problema tras problema

Pero habiéndome decidido por fin por Zacarías, no se acabaron aquí mis problemas. Justo antes de comer, ya tenía terminado el artículo, cuando alguien de la oficina me hizo una pregunta, y no sé cómo pasó, ni qué tecla toqué, pero lo borré todo. Por mucho que mirara, no había forma de recuperar el texto y no quedaba más remedio que ponerme a escribirlo de nuevo. Pude terminarlo y subirlo, pero no me quedé del todo satisfecho, porque no me había salido como la primera vez.

Un mensaje para el pueblo

Hannah, una compañera del trabajo, me hizo recordar la historia que encontramos en el capítulo 36 de Jeremías. El profeta recibe un mensaje del Señor para entregar al pueblo. Así que llamó a su escribano Baruc, para transmitírselo al dictado, para que quedase plasmado en un rollo. Baruc lee el mensaje en el Templo y las noticias llegan a oídos del rey Joacim. El rey ordena que lo lea en su presencia, y al escuchar el mensaje de Dios, corta un trozo del rollo con su cortaplumas y echa esta porción de la Palabra de Dios a la lumbre. Y sigue haciendo lo mismo hasta quemar todo el rollo.

Evitar nuestras responsabilidades

Al rey, que no quiso escuchar la Palabra de Dios, le parecería que ya estaba todo resuelto. Ya había quemado el rollo y por eso no tenía que hacer caso a lo que en él estaba escrito. ¡Craso error! Uno no esquiva tan fácilmente sus responsabilidades. ¡Cuántos han intentado evitarlas delante de Dios, quemando en la hoguera su Palabra o a los portavoces de la misma! Pero lo único que han conseguido es encontrar mayor castigo. Dios le dice al rey Joacim que por sus acciones rebeldes no solo no había evitado la destrucción de Jerusalén profetizada en el rollo, sino que a su vez iba a ser castigado, por haberlo destruido, sin descendencia que le sucediera en el trono.

Empezar de nuevo

Claro, lo que me llamó la atención de esta historia era pensar cómo se debieron quedar Jeremías y Baruc al escuchar las noticias del destrozo del rollo. Se quedarían como yo me quedé al encontrar mi archivo en blanco. Había que empezar de nuevo, todo lo que habían escrito se había perdido. Y aunque lo volvieran a escribir no les saldría igual.

Los pensamientos de Dios

Aunque Jeremías y Baruc se sintieran así, el Señor no pensó de esta forma. Simplemente leemos que Él dijo a Jeremías, “Vuelve a tomar otro rollo, y escribe en él todas las palabras primeras que estaban en el primer rollo que quemó Joacím rey de Judá” (Jer 36:28). La Palabra de Dios no desaparece simplemente porque se queme. No hay posibilidad de que salga peor la segunda vez. Todo lo que había en el primer rollo, aparece en el segundo, con más palabras por añadidura.

La Palabra de Dios permanece para siempre

¡Qué bueno es recordar que “la Palabra del Señor permanece para siempre” (1P 1:25). No hay quien pueda terminar con ella. Por mucho que el hombre lo intente, la Palabra de Dios no se pierde. No se borra. No es posible hacer que desaparezca. Cuando nuestro Dios habla, habla para siempre.

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Mateo Hill   administracion@editorialperegrino.com

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