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¡No me juzgues!

¡No me juzgues!

¡No me juzgues!

Todos lo hemos sentido. Alguien que nos mira de esa manera, un poco sobre el hombro, y simplemente por las formas, sabemos que esa persona piensa mal de nosotros. Luego hay personas que no se cortan y simplemente te lo sueltan. Eso sí, algunos tienen el detalle de disfrazarlo: “Esto lo digo por amor a ti, porque es para tu bien, hermano”.

La paja en el ojo ajeno

No, no nos gusta cuando nos juzgan. Tenemos muy claro lo que dice en Mateo 7:1, donde leemos «No juzguéis…». Es que no me tienes que juzgar, decimos. Lo tenemos claro y no hay nada más que pensar. Claro, lo que más nos cuesta es que nosotros tampoco debemos juzgar a otros. Eso es más difícil. Es que es tan fácil ver la paja en el ojo del que está en frente. Incluso si no la vemos a la primera, seguimos mirando y seguro que al final somos capaces de ver algo.

La viga en el nuestro

Y una vez encontrada, nos escandalizamos con lo que hemos descubierto. «Pero vamos a ver, ¿es profesor de escuela dominical siendo como es?». «¿Cómo se atreve subir al púlpito cuando hace lo que hace?». Y al final, solo es una paja. Una mota de polvo. Probablemente sin gran importancia, en especial al lado de la viga enorme que tenemos en nuestro propio ojo.

¡Cuanto nos cuesta!, ¿verdad? Después de tantos años en la fe, sigue habiendo esas grandes lagunas en nuestras vidas. En teoría sabemos que no debemos juzgar, lo afirmaríamos en seguida, pero a la hora de la verdad…

¡Hay que juzgar!

Pero, suponiendo que tengamos más o menos aprendida la lección, nos surge otro problema. No hay que juzgar, decimos; la Biblia nos lo dice. Y luego encontramos un versículo como 1 Cor 11:31 –«Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados». La palabra “examinarse” está muy relacionado con la palabra «juzgar», de hecho la versión inglesa sustituye «juzgar» por «examinar». ¡Al final, hay que juzgar! Pero eso sí, no tanto mirar por la ventana, sino al espejo.

Examinar y discriminar

Es la idea de sacar nuestra vida a una mesa y juzgarla, examinarla, discriminar entre lo bueno y lo malo, separando lo que no debe de estar de lo que sí. Para apartarme de lo que no me conviene, de lo que a Dios no le agrada. Decidir, con la Biblia en la mano, qué es lo que Dios quiere ver en mi vida y lo que no quiere ver. Poner mi vida en la balanza que encontramos en Daniel 5:27 y ver donde estoy falto. En fin, hablamos de la santificación. Separarme del pecado para consagrarme a Dios.

Juicio propio

Y para eso, me tengo que juzgar. No a los demás para ver sus fallos —esa es su responsabilidad—. La mía es juzgarme a mi mismo. Juzgar mi vida, mis acciones, mis reacciones, mis palabras, mis pensamientos. Buscar esas vigas, a veces gigantescas,en nuestro propio ojo con las mismas ganas con que buscamos la paja en el ojo ajeno.

No hermano, no me juzgues, que ya lo hago yo.

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Mateo Hill   director@editorialperegrino.com

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