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Mis pecados favoritos

Mis pecados favoritos

Mis pecados favoritos

Estoy sentado en mi escritorio esperando que lleguen las 11,30. Porque a esa hora me toca ir al centro de salud aquí en Moral para visitar la sala de curas (¡y eso a pesar de haber sido pastor protestante!). Es que, la semana pasada me quitaron una uña encarnada, y estoy todavía con el cuidado postoperatorio.

Lo menciono, no tanto para provocar lástima (¡los de la oficina me dan todos los mimos necesarios!), sino más bien por la sensación que uno tiene al haberse quitado ese ‘aguijón en la carne’. Es que lleva casi dos años dándome la vara la dichosa uña. Empieza a doler un poco, luego se va y después vuelve. Al final aprendes vivir con ello más o menos, aunque sabes que no debe de ser así y que lo mejor sería quitarla.

Nuestro “pecado favorito”

Me ha hecho pensar en las pequeñas cosas que llevamos en nuestra vida cristiana que están allí pero sería mejor vivir sin ellas. Podría ser un pequeño pecado, lo que llamaban los puritanos nuestro “pecado favorito”. En el principio nos hace sentir mal, y de vez en cuando nos duele un poco, pero al final nos acostumbramos a ello. Quizás sea una actitud, como una pizca de orgullo, o la tendencia a mentir. Podríamos tener una mala relación con alguien de la familia, o es que nuestra vida devocional no es todo lo que debe ser. No estamos tan involucrados en la vida de la iglesia como antes, y no recordamos la última vez que hablamos con alguien del Señor.

El proceso de “limpieza” nos es molesto

Lo que pasa es que sabemos que quitar esta cosa, igual como con mi uña, también duele. Durante un tiempo cojea uno más. Y luego está el inconveniente de las curas para que no haya infección ni vuelva a salir la uña mal. Sí, todo el proceso de erradicación, de limpieza, de quitar estos pequeños pecados nos molesta. A veces puede parecer que sería mejor no tocarlo y seguir como estamos, que no es para tanto. Quizás no vale la pena molestarme por algo así.

¡Pero sí vale la pena! Poder andar sin cojear. Poder estar entre la gente sin el miedo de que te pisen. Y poder volver a jugar al badminton, que llevo un año sin coger la raqueta. Se supone que voy a poder volver a la vida sana y ¡hasta perder algunos kilitos! Pero bromas aparte, estos ‘pecados favoritos’ no nos permiten vivir la vida sana como creyentes. Nuestro deber como hijos de Dios es buscar su gloria en todo. ¿Como lo podemos hacer si no estamos buscando constantemente una vida espiritual más sana, si la obra de la santificación no progresa en nuestras vidas?

…Por cierto, acabo de volver del centro de salud, y la enfermera me ha dicho que progreso adecuadamente. ¡Que podamos recibir el mismo parte médico espiritual cada uno de nosotros!

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Mateo Hill   administracion@editorialperegrino.com

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