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¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl?

¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl?

¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl?

 La pregunta que hace el rey David en 1 de Samuel 9:1 es de las que hace temblar. David ha llegado al trono de Israel, después de derrotar las fuerzas de la casa de Saúl. Quien escuche la pregunta de David pensaría que el nuevo rey sigue buscando enemigos que podrían usurpar su trono. Pero, ¡no! David busca con la idea de mostrar misericordia.

 Al final Mefi-boset se presenta delante de su rey y, en vez de escuchar palabras duras, recibe las sorprendentes noticias de que David le devuelve todas las tierras de la familia de Saúl, y que va a comer todos los días en la mesa del rey. Al final Mefi-boset, nieto de Saúl e hijo de Jonatán, es adoptado como hijo del rey David.

¿Que es la adopción?

La adopción es un concepto precioso, en especial cuando lo consideramos en el contexto de la salvación. Es cierto que hablamos de justificación, de regeneración, de perdón y de reconciliación; pero no se habla tanto de la adopción. Juan el Evangelista nos dice que a los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Y el Apóstol Pablo escribe en Efesios 1:5: «en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos, por medios de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad».

La palabra «adopción» es muy sugerente. Nos habla de la elección. Unos padres que han adoptado han elegido hacerlo, igual que nuestro Padre celestial quien nos escogió antes de la fundación del mundo. También, nos habla de nuestra situación de antes. Recordamos las imágenes de los orfanatos rumanos que salieron a la luz en los años noventa, o al mismo Oliver Twist, y nos damos cuenta de que nuestra situación antes de ser adoptados por Dios era de pena –«lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacerse de lo que es».

La familia de Dios

El hecho de dirigirnos a Dios, no solo como Creador, Soberano y Salvador, sino como Abba, Padre es de lo más precioso que podamos imaginar. Habiendo sido enemigos, ahora nos recoge en los brazos, y sabemos que somos, como dice Zacarías, la niña de sus ojos. Al entrar en la familia de Dios, recibo un nuevo nombre, el nombre de mi Dios, como dice Juan en Apocalipsis 3:12. Tengo nuevos hermanos, un Hermano Mayor llamado Jesús, y tengo una herencia que me espera.

Transformándonos

Los tíos de mi esposa tienen dos hijos adoptivos. Lo sorprendente es que los dos en algo tienen un aire de sus padres adoptivos – la forma de andar, de sentarse, de expresarse al hablar. Lo mismo nos tiene que pasar. Lo más natural para nosotros es que nos vayamos transformando más y más a la imagen de Jesucristo. A la vez, estando en familia tenemos que seguir las normas de la familia, comportarnos como hijos de nuestro Padre, y en todo mostrar la suficiente gratitud por todo lo que hemos recibido.

El precio

Estas y muchas cosas más me vienen a la mente al pensar en la adopción. Pero por encima de todo tenemos que hablar del precio. Conozco a varias parejas que han adoptado a un hijo en el extranjero. Han tenido que desembolsar una buena cantidad de dinero para hacer los trámites, y para completar el proceso tuvieron que visitar al pais donde se encontraba su nuevo hijo. Así es con nuestro Dios: baja Dios el Hijo al orfanato de este mundo y entrega su propia vida, derramando su sangre. Y todo con el propósito de salvar a su Pueblo, de redimir a la Iglesia, de conseguir muchos hijos en adopción para el Padre. ¡Aleluya! Gloria a Cristo.

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Mateo Hill   mateo@editorialperegrino.com

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