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Escasez de la Palabra

Escasez de la Palabra

El otro día encontré una frase escondida en una historia archiconocida. Los que tuvimos el privilegio de pasar por la escuela dominical cuando fuimos niños, hemos escuchado la historia de Samuel un sinfín de veces. Pero al releerla hace poco me topé con una frase en el primer versículo de 1 Samuel capítulo 3: la palabra del Señor escaseaba en aquellos días.

Escaseaba la Palabra

El pueblo de Dios en tiempos de Samuel no tenía la Biblia, solo lo que habían dejado escrito Moisés y Josué. Para más revelación de Dios dependían de que Dios se comunicara de forma directa, hablando o en visiones. Recordamos a Abraham y Moisés mismo, que escuchaban la voz de Dios; y a José, que recibía sueños desde lo alto. Pero estos tiempos habían quedado atrás; ahora las comunicaciones directas brillaban por su ausencia.

¿Escasea hoy la Palabra?

Hacer la pregunta es contestarla, seguramente. Miremos fuera de la iglesia, al mundo, y vemos que hay un desprecio total de las Escrituras. Para la gran mayoría, la Biblia es un libro antiguo, desfasado, pasado de fecha; un libro que servía para nuestros antepasados ignorantes, y que está lleno de leyendas, mentiras y contradicciones. Solo sirve como objeto de burlas y risas.

En algunos sectores de la Iglesia, entre los que se llaman cristianos, incluso evangélicos, la cosa no va mucho mejor. Leemos cosas como «la Biblia contiene la Palabra de Dios», es decir, contiene también texto que no lo es; oímos que es la palabra acerca de Dios, como si se tratara de una biografía escrita por hombres. Luego, la predicación de la Palabra se relega a los últimos 10 minutos de la fiesta dominical que puede haber durado dos horas. Sí, escasea la Palabra.

Los predicadores, y me incluyo a mí mismo, tenemos que tener cuidado también de que no escasee entre nosotros. Seguramente no soy único que termina de escuchar un sermón y se queda perplejo. ¿Cómo puede ser que al finalizar la homilía haya aprendido acerca de la familia del predicador y de sus vacaciones; me haya enterado de sus amigos «famosos»; me haya tronchado de risa con sus chistes y me haya abierto el corazón sobre sus luchas espirituales y tentaciones; sé cómo piensa acerca de Trump, del Brexit, y del precio de un kilo de queso manchego en el lado oscuro de la luna; pero no me ha dicho casi nada de la Palabra de Dios. O es que no creen que la Biblia es la Palabra de Dios o es que predican como si no lo fuera, como si sus propias palabras fueran más importantes, de más peso, que lo que Dios ha hablado.

Pero, en general, nos preguntamos si como creyentes no caemos en la misma trampa. Cada vez que se abre la iglesia para exponer y estudiar la Palabra, ¿dónde estamos? ¿La Palabra de Dios ocupa un lugar cada vez más céntrico en mi vida? Cuando busco dirección y consejo, ¿a quién pregunto? ¿No doy la impresión de que Google y Wikipedia tengan más autoridad que las Escrituras? Es que no medito en la Biblia, no la conozco bien, no la leo suficiente. Escasea la Palabra.

¿Por qué escasea?

Tenemos que recordar que es normal que escasee, en el sentido de que es lo que Satanás hace. Tanto en la tentación del primer Adán como en la del segundo, pone la Palabra de Dios en tela de juicio: «¿Conque Dios os ha dicho…?»

Y por supuesto, podemos hablar de la providencia de Dios. Si Dios elige no hablar con su pueblo, es porque lo ha pensado así.

Pero hay una tercera razón, que encontramos en el texto, más bien el contexto, de Samuel. Si leemos los capítulos dos, tres y cuatro de 1 de Samuel, encontramos un claro contraste entre Samuel y los hijos de Elí. Ofni y Finees eran sacerdotes indignos, Elí era un padre que no podría controlar a sus hijos, y el pueblo de Dios permitía un liderazgo así. Por eso, no debe sorprendernos leer que la palabra escaseara. Las palabras de Romanos 1:18-28 son muy solemnes; Dios entrega la gente a lo que ellos desean. Recordamos también las palabras de Amós 8:11: «He aquí vienen días… en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová».

Pero no es el final

En los últimos versículos de nuestro capítulo, encontramos que Dios se revela con frecuencia a Samuel. Ya no escasea la Palabra. Dios, en su gracia, vuelve a comunicarse con su pueblo.

Y siguió haciéndolo. Juan describe la encarnación como la llegada del «verbo» a la tierra, y el autor de Hebreos lo expresa de la siguiente manera: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:1-2).

Durante los dos mil años posteriores a la encarnación, Dios ha seguido hablando. La Reforma, objeto de mucha celebración este año, fue precisamente un regreso a la sola Scriptura después de años de escasez en la Edad Media.

Y claro, lo importante hoy es que no escasee la Palabra entre nosotros, que sigamos buscando que Dios nos hable a través de su Palabra. Que volvamos a ver a Dios en su Palabra, y que estemos inmersos en las Escrituras, meditando día y noche en ella. Que cuando lleguen las dificultades escuchemos su susurro  para alentarnos y que sea su lámpara nuestra guía en el camino. Y que cada vez que nos acerquemos a la Palabra de Dios, nuestra oración sea la del niño Samuel: «Habla, Señor, porque tu siervo oye».

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Mateo Hill

director@editorialperegrino.com

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