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Era un caluroso día de mayo

Era un caluroso día de mayo

Era un caluroso día de mayo, y con la tarde libre salimos de la ciudad de Barcelona para buscar la montaña. Siendo Barcelona, no teníamos que viajar mucho: en cuarenta minutos ya habíamos llegado a nuestro destino. Un destino precioso casi en la cima de una montaña muy alta, con el valle debajo de nuestros pies, y con el mar en la distancia.

Visita a Montserrat

Es que la Iglesia Católica sabe muy bien elegir sus tierras y ubicaciones. Estamos en Montserrat que, como digo, está en un lugar privilegiado. Desechando la opción de subir andando, del teleférico, o de uno de los dos trenes, llevamos el coche hasta la misma puerta del recinto. (Por cierto, ¿por qué se dice «llevamos el coche» cuando es el coche el que nos lleva a nosotros?). ¡Uf, seis euros por aparcar! Eso de ser peregrino te sale caro.

Paisaje

La verdad es que es un sitio espléndido. Te quedas sin aliento casi, maravillado por la belleza natural del paisaje. Es más, un lugar así con dos estaciones de tren es un encanto para un aficionado de los ferrocarriles como aquel que escribe estas líneas.

Librería

Después de asimilar la grandeza de todo, esos dos pastores se metieron donde dos pastores se tenían que meter, la librería. Bueno, digo «librería» porque había libros; libros en catalán, libros en español, libros para niños, libros escritos por Papas, libros para papás y mamás, libros de autoayuda, libros de budismo, libros de meditación, libros de santos, libros de teología, y así ad infinitum. Pero había muchas más cosas: bolis, cuadernos, trapos de cocina, delantales, velas, gorras, camisetas, CDs y hasta un muñequito de «Jesús». Qué surrealista encontrar entre toda esta parafernalia de una religión de obras un CD con el título, en inglés, «Amazing Grace». ¡Ay, si algo de esa sublime gracia entrara en el monasterio de Montserrat!

Basílica

De la librería pasamos a ver la basílica: oscuridad física y tiniebla total. Seguimos la ruta del pasillo por el lado derecho por donde pasaban todos. De repente estamos al pie de una escalera que va subiendo hacia el retablo donde está el ídolo llamado «la Virgen de Montserrat». Qué tristeza quedarse uno allí abajo observando a uno tras otro acercase a la estatua y besarla con devoción y reverencia. Con pesar en el corazón nos dimos la vuelta y, como buenos protestantes, volvimos “contra-corriente” por el pasillo por donde habíamos entrado, hasta salir de nuevo a la luz de día.

Fuente de Agua de Vida

¡Y allí lo vi! Justo en frente, una puerta con un letrero en catalán que hasta un torpe inglés lo podía entender: «MISTICA FONT DE L’AIGUA DE LA VIDA». Eso es lo que necesitamos, y es lo que necesita cada uno que pasa por allí para venerar a la estatua. No les salvan las velas, o los trapos de cocina, o las estatuas o los muñecos de Jesús. El único que salva, aun a los más devotos y sinceros hacedores de obras, es Aquel que es la Fuente de Agua de Vida.

Fiel al llamamiento

Hace unas semanas, al comentar en un blog mis planes de visitar Montserrat, alguien cuestionó mi decisión de ir a tal sitio; pero, como le contesté, mi idea era recordar dónde estoy, el país donde me he metido. Recordar la oscuridad de las tradiciones folclóricas que aquí pasan por religión. De no caer en la trampa de pensar simplemente que me rodeo de cristianos de otro tinte que al final son mis hermanos separados y no necesitan oír el evangelio. Cuando Dios me trajo a España era para que predicara el evangelio a todos los que están en tinieblas. Si olvido esto por un momento, estoy siendo infiel a mi llamamiento y a Aquel que me ha llamado.

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Mateo Hill   administracion@editorialperegrino.com

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