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El otro día entré en una librería

El otro día entré en una librería

El otro día entré en una librería. No una librería cualquiera, sino una cristiana. Y no una librería cristiana cualquiera, sino la que hay en mi ciudad natal. Sigo por la tierra de Shakespeare, y el miércoles de la semana pasada pasé el día en la ciudad que me vio nacer el siglo pasado. Pude pasear por su calle principal, la más ancha de toda Inglaterra. Pasé por la estación del primer ferrocarril de pasajeros de todo el mundo. Vi la estatua de John Walker, el inventor de la cerilla. Y anduve por la calle donde antes estaba la antigua iglesia donde pastoreó mi padre hasta que fue derribada en el año 1971.

Visita a la librería

Al saber que la iglesia bautista de la ciudad tiene una libraría, decidí visitarla. Además de mi interés profesional, tenía un propósito específico al entrar allí. Recientemente ha entrado en el gran juego de las versiones bíblicas inglesas un nuevo jugador. Lo llamo juego porque a veces parece que los editores juegan con nosotros para ver cuántas versiones nuevas nos pueden vender. En fin, hay una nueva versión, la English Standard Version, que ha sido muy bien recibida en muchas iglesias sanas. Llevaba tiempo buscando la oportunidad de comprarme un ejemplar para ver cómo es.

Así que entré en la librería, y escogí un ejemplar; uno que satisfaría a cualquier español por ser «bueno, bonito y barato». A la vez, vi una edición del librito evangelístico «Ultimas Preguntas» (en inglés, claro) que no había visto antes, por lo que llegué a la caja con la Biblia y Últimas Preguntas. Y allí empezó mi decepción. Empecé a charlar con la gerente que me atendió. Le comenté que llevaba mucho tiempo fuera de la ciudad y que mi padre había pastoreado una iglesia justo al lado de donde estábamos hablando. No le dije nada de mi estado espiritual o de mi ministerio en España. Lo único que sabía esta señora de mí era que mi padre había sido pastor, y que estaba comprando una Biblia y un libro evangelístico. Pero en ningún momento me preguntó la señora por mi alma. No sé si suponía que era creyente, o si era que simplemente yo era solo un cliente que gastaba dinero sin más. Fuera lo que fuera, me quedé esperando que me preguntara algo sobre mis compras, si eran para mí, si entendía el evangelio, o si me gustaría hablar con alguien sobre el destino eterno de mi alma. Una decepción total.

Salida de la librería

Pero luego me puse a pensar, al abandonar el edificio con cierto aire de indignación. Es verdad que la señora no tomó la oportunidad de hablarme, no buscaba entablar una conversación espiritual conmigo; pero ¿lo hago yo? Sabiendo que la mayoría de mis amigos, compañeros y conocidos no son creyentes, no les digo nada. No les pregunto por su alma, no intento girar la conversación para hablarles de Cristo y de su alma. Como cristiano, estoy en la tierra rodeado de paganos que necesitan a Cristo. Muchas veces me callo, no digo nada, decido esperar una «oportunidad mejor». Realmente mi oración no debe ser «Señor, dame oportunidades de hablar de ti hoy», porque las hay, sino «dame la valentía de hablar de Cristo». Me alegro de haber entrado en la librería, no solo por haber conseguido una nueva Biblia, sino porque Dios usó la visita para hacerme considerar mis responsabilidades con las personas que me rodean.

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Mateo Hill   mateo@editorialperegrino.com

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