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La elegancia del lenguaje

La elegancia del lenguaje

La elegancia del lenguaje

Vivimos en una época donde lo bueno y lo malo se dan de forma tumultuosa y convulsa”, ha manifestado el pintor tomellosero Antonio López. No pretendo analizar aquí el fondo de la frase de este genial artista manchego sino más bien su forma, como corresponde a esta sección. Quizá algunos lectores noten algo anómalo en su construcción gramatical, y hasta es posible que se percaten de que dicha anomalía se está extendiendo como un reguero de pólvora por todos los medios de comunicación, provocando explosiones de cólera entre los amantes de nuestro idioma.

Desconozco la razón por que, de repente y al unísono, a un sinnúmero de usuarios públicos del idioma les ha dado por aplicar el adverbio relativo de lugar “donde” a conceptos que no tienen nada que ver con ningún lugar, como en el caso de la cita que encabeza este artículo. Hoy día es corriente oír de épocas donde, meses donde, proyectos donde, decisiones donde, etc.

Puesto que la gramática y el uso que aprendí hace décadas en el colegio no recogían este tipo de construcción, me pareció que estábamos ante un nuevo ataque contra la integridad gramatical de nuestro idioma. Pero no considerándome un experto en estas lides, busqué una explicación de este fenómeno en la máxima autoridad que hoy tenemos los hispanohablantes: la Nueva gramática de la lengua española. Allí leí este veredicto: “Estos usos de donde se consideran poco elegantes, por lo que se recomienda evitarlos”. Parece, sin embargo, que, lejos de evitarlos, muchos se deleitan en revolcarse en este cieno lingüístico. La mencionada obra llega a afirmar: “Este empleo se considera ya arcaico y tiende a evitarse en el español de hoy”. Bueno, pues parece que algunos quieren rescatarlo de la tumba del desuso y ponerlo de nuevo de moda.

¿Llegará a afectar esta deformación popular al lenguaje cristiano y teológico? ¿Tendrá un impacto negativo en la precisión de los conceptos espirituales? ¿Es lo mismo decir “la iglesia donde me reúno” que “la iglesia con que me reúno”; “el culto donde asisto” que “el culto al que asisto”; “la predicación donde me edifico” que “la predicación con que me edifico”; “el día en que Noé entró en el arca” que “el día donde Noé entró en el arca”? Creo que no, pero el tiempo lo dirá. Aunque algunos piensen que la elegancia no tiene nada que ver con lo espiritual, y que “el hábito no hace al monje”, estoy convencido que un uso elegante del idioma hermoseará su contenido y facilitará la comunicación, que es su función primordial.

Demetrio Cánovas

director@editorialperegrino.com

Nota: Los demás artículos de esta serie pueden verse en el blog www.editorialperegrino.com.

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