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Documentos y otros papeles…

Documentos y otros papeles...

Documentos y otros papeles…

Cuando yo era niño, se consideraba una vulgaridad llamar papeles a los documentos. Este concepto (“acepción” me parece un término demasiado exquisito en este contexto) de los papeles se llegaba a utilizar aun en aquellos chistes (normalmente de mal gusto) “de Quevedo”. Ese uso no era nada culto ni siquiera mediático (que no equivale a culto) y, por tanto, no era de “curso legal” en esos ámbitos. Aquellos eran otros tiempos. Años después comenzaron a llegar en avalancha las pateras y los cayucos y con ellos una marabunta de seres humanos “sin papeles” (ya fueran documentos o de cualquier otro tipo). Los medios de comunicación (tan fieles en eso de “contrastar” la información), constataron esa realidad en el lenguaje de la calle y así nos la contaron, no cientos sino miles y miles de veces: el fenómeno masivo de “los sin papeles”. Y ya se sabe que “de tanto ir el cántaro a la fuente…”. Por consiguiente, los documentos se convirtieron en papeles y los indocumentados en sin papeles. Y de esta manera se fraguó una nueva deformación del lenguaje.

Claro que esto no plantea ningún problema para aquellos que piensan que el idioma es un simple medio de comunicación y que, mientras nos entendamos, da lo mismo ocho que ochenta. Y, evidentemente, todos entendemos (o interpretamos) lo que estos “papeles” significan.

Pero los que pensamos que no todo vale con tal de comunicar las ideas no acabamos de aceptar esta nomenclatura migratoria. Estas terminologías empobrecen el idioma al añadir ambigüedades polisémicas innecesarias. Ni un documento es siempre de papel (en esta era informática y digital en que vivimos), ni un papel es siempre un documento. ¿Por qué, pues, no hacer un pequeño esfuerzo intelectual y llamar a las cosas por su nombre? Pero es que, además, estéticamente resulta un esperpento la horrorosa construcción “los sin papeles”, en lugar del hermoso vocablo “los indocumentados”.

Y por si fuera poco, corremos el riesgo de llamar analfabetos a los indocumentados. Porque algunos de ellos al menos tienen papeles de algún tipo ¡y los saben leer! Quizá no tengan pasaporte, pero sí tal vez un libro o una revista: ¡que, de momento, suelen ser de papel!

Este tipo de devaluación idiomática no es nuevo. Ya hace mucho tiempo que los medios se empeñaron en llamar luz a la electricidad y hablarnos constantemente del “recibo de la luz”: como si lo que pagáramos (en ese cada vez más caro servicio) fuera solo la iluminación, y no también la calefacción, el aire acondicionado, etc.

En el campo evangélico, sin embargo, sí que podríamos llamar “sin papeles” a muchos que nunca se suscriben a una revista cristiana, ni compran un libro cristiano ni, menos aún, los leen. Se conforman con oír (si acaso) un sermón cada semana y leer de vez en cuando ese único libro que consideran necesario: la Biblia. Seguramente no estarán indocumentados, pero, espiritualmente, están “sin papeles”.

 

Demetrio Cánovas

Este artículo pertenece a la serie “La Palabra y las palabras
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