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Día de la Reforma

Día de la Reforma

Día de la Reforma

¿Por qué no celebramos el Día de la Reforma? Así, más o menos, nos hicieron la pregunta. Estuvimos en Alcázar de San Juan el sábado pasado para celebrar el Día de la Reforma, y en la mesa redonda, donde me habían colocado, nos hicieron la siguiente pregunta: ¿Cómo es que asiste tan poca gente a un acto así? ¿Por qué no se ve importante recordar la Reforma?

¡Y claro, todos pasaron la pregunta a Mateo! ¿Y qué digo? ¿Cómo responde uno? Contesté lo que pude en el momento, y después me quedé pensando en mi respuesta. A continuación te cuento lo que he pensado.

Las iglesias no se sienten vinculadas

Primero, creo que las iglesias no se sienten vinculadas con la Reforma en el tiempo. Para muchos, tanto creyentes como los medios de comunicación, el protestantismo en España empezó con la libertad posfranquista. Con la llegada de los misioneros, mayormente norteamericanos y británicos y con la apertura de muchos locales de culto. Así, dicen, empezó la iglesia evangélica en España. De 1978 a 1517 hay un salto demasiado grande para que se sienta una vinculación real. Claro está que lo que se olvida es que sí hubo obra en España antes de la Guerra Civil, en tiempos de la Segunda y Primera República, en los tiempos de las Guerras Carlistas, durante y antes de la Reforma.

Desvinculación doctrinal

En segundo lugar, creo que hay una desvinculación doctrinal. Para muchos, la reforma es el calvinismo y la predestinación. Otros lo asocian con la caricatura del hipercalvinismo –como Dios es soberano no hay que predicar el evangelio. Hasta los hay que enseñan que la Reforma fue un error y que la iglesia sería mas sana si no tuviera a Calvino y Lutero en el baúl de los recuerdos. Ignoran el hecho de que sin la Reforma no existiría el protestantismo, seguiríamos siendo católicos romanos. ¿Y dónde estaría la Iglesia romana ahora si no hubiera tenido que reaccionar y modernizarse frente los desafíos de la Reforma y sus herederos? Posiblemente todavía en su misticismo medieval, alejada de la Palabra de Dios, y cada vez aún más folclórica de lo que es.

Sin tanto apego por la Reforma

Pero hay una tercera opción. Si las iglesias evangélicas no sienten tanto apego por la Reforma, y hay que decir que la situación está cambiando (véase el Culto de la Reforma retransmitido en La 2 de TVE este año, y los planes para celebrar el V Centenario en 2017), puede ser culpa de los que disfrutamos de la etiqueta de «reformados». ¿No hemos pecado de hablar o actuar como si ser «reformado» fuera algo exclusivamente nuestro? ¿No hemos dado la impresión, activa o pasivamente, de que existen en el mundo «reformados» y luego «los demás»? Por supuesto, los que nos identificamos con las Doctrinas de la Gracia tenemos ciertos distintivos propios, como lo podrían tener nuestros hermanos pentecostales o las Asambleas de Hermanos. Pero de ahí a la idea de que si no eres «reformado» no tienes derecho a considerarte como miembro del linaje de los Reformadores, hay un paso gigantesco, paso que a veces creo que hemos tomado. Y si repetimos este mensaje constantemente y con voz cada vez más alta al ver los «excesos» de los demás, no es de sorprender que, al final, no se identifiquen con nosotros ni con la reforma, ni quieran hacerlo.

Orgulloso de ser reformado

No me malinterpretes; me considero reformado, y estoy orgulloso de serlo. Creo que el sistema reformado es la forma más correcta de entender la enseñanza bíblica. Pero si por adjudicarme el título de «reformado» termino por alejar a mis hermanos de las grandes doctrinas de la Reforma, por hacerles sentir que no son hijos de la Reforma, por perpetuar la idea de que existen dos tipos de cristianos, los del gallinero y los de patio de butacas; entonces, renuncio a llamarme reformado, ahora mismo.

 

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Mateo Hill   administracion@editorialperegrino.com

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