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Conoce a Romanos

Conoce a Romanos

Una introducción al libro de Romanos

La Epístola a los Romanos es la primera en orden de importancia, aun cuando no fue el principio del vigor de los escritores inspirados del Nuevo Testamento. A través de la mano de otra persona, el apóstol Pablo tomó su pluma

en el año 58 d. C. aproximadamente, cerca del final de su tercer viaje misionero. A otras cartas bíblicas se les asignan fechas más antiguas; sin embargo, es esta la que ocupa la posición de mayor influencia y, por tanto, se la ha ubicado inmediatamente después del libro de Hechos. Trata acerca de todos los fundamentos de nuestra gloriosa salvación y, debido a ello, un claro entendimiento de Romanos proporcionará armas valiosas al creyente para su lucha contra el mundo, la carne y el diablo.

Se ha llamado a esta epístola: “El escrito más profundo que existe”, y es muy difícil discutir esa opinión; sobre todo cuando uno considera los temas que aborda y explica, como por ejemplo la universalidad del pecado y de la muerte, la impotencia de los esfuerzos humanos para alcanzar el nivel de perfección que Dios requiere a fin de que el hombre sea salvado, el camino que el Señor ha dispuesto para la redención —y a tan grande costo—, sus pensamientos en cuanto a nosotros desde antes de la fundación del mundo, los dos destinos finales, la manera de vivir a la luz de todo esto, etc.

Esta obra maestra inspirada se escribió a la Iglesia primitiva en Roma. Ahora bien, pensando en términos humanos, es posible que dicha iglesia tuviera su origen en algunas de las muchas personas convertidas durante aquel primer mensaje tan ungido de Pedro después del descenso del Espíritu Santo en Pentecostés. Hechos 2:10 nos relata que algunos residentes en Roma estuvieron presentes entre la muchedumbre durante aquel día memorable. Es razonable suponer que algunos de ellos regresaran “respirando fuego” y rápidamente fueran usados por el Espíritu Santo para establecer esa comunidad de cristianos. (A propósito, no hay ninguna evidencia que pueda respaldar la idea de que este cuerpo local de creyentes se juntó por los esfuerzos evangelísticos del apóstol Pedro. Por el contrario, a él ni siquiera se lo menciona en toda la epístola).

Pablo escribió con la intención de afirmar a esa joven congregación, ya que la conversión no es más que el comienzo de esta gran aventura de andar en el camino angosto, que algún día se ensanchará hasta alcanzar una gloriosa dimensión cósmica. Él dice en Romanos 1:11: “A fin de que seáis confirmados”. La gran necesidad de la Iglesia en todos los tiempos, y sobre todo porque empezamos como individuos dentro de la misma, es que estamos establecidos y edificados en nuestra fe, para permanecer firmes y dar un buen testimonio del poder salvador y protector de la gracia de Dios.

Con este fin, Pablo llena la epístola de las doctrinas más profundas. Si hemos de mantenernos firmes en la fe y, más aún, caminar de una manera ejemplar en esta peregrinación terrenal, es de suma importancia que tengamos un buen conocimiento y entendimiento de los fundamentos de nuestra fe cristiana, para que no seamos “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina”, como dice Efesios 4:14.

Nuestro Padre celestial quiere tener hijos maduros, cristianos que le den gloria; miembros de su familia que caminen sembrando su flamante “palabra de verdad” en medio de este mundo oscuro: la misma que hará mucho daño al reino que el diablo ha usurpado.

Vamos a comenzar por dar una breve vista panorámica de esta epístola bíblica y “sinfónica”.

1:1-15

Pablo se refiere brevemente al motivo de la epístola en el primer versículo: “El evangelio de Dios”; y luego desarrolla un “preludio” en el resto de la sección. El motivo aparece otra vez y alcanza niveles conmovedores en los versículos 16 y 17.

 1:16-17

Hay una justicia divina que nos justifica delante de los ojos de Dios; que nos llega por fe en el bendito Señor Jesucristo y que está disponible para todos sin distinción. A esta se la denomina jubilosamente: justificación por fe. (Es evidente que esto no es el contenido total del evangelio revelado, por supuesto que no, ni tampoco la plena descripción de la justificación, pero supone el enfoque inmediato).

1:18-32

En efecto, el mundo estaba dividido en dos grupos y sólo dos: los judíos, el pueblo antiguo de Dios, y aquellos que no se incluyeron en esa separación inicial y privilegiada. En esta sección, Pablo explica claramente que los gentiles se encuentran en una necesidad desesperada de la justicia de Dios. ¿Por qué? Porque hay una realidad pasmosa y terrible que se mueve sobre la faz de este mundo rebelde y se conoce como la ira de Dios. Esta ya lame nuestras vidas aquí y ahora, pero en una forma limitada a causa de la abundante gracia y la paciencia divina; un día, sin embargo, levantará con la fuerza de un tsunami a todo aquel que no haya sido redimido por Cristo Jesús y lo llevará a donde no desea ir, por toda la eternidad.

 2:1-29

En este capítulo, Pablo metafóricamente se remanga la camisa y pone el enfoque sobre los judíos, quienes siempre estaban dispuestos a dar su entusiasta respaldo a cualquier denuncia contra los gentiles. Sostiene que ellos necesitan de esa justicia tanto como los degenerados del capítulo 1, pese al hecho de que son el pueblo de Dios (vv. 1-16), custodian la ley (vv. 17-24) y han sufrido dolor por la circuncisión (vv. 25 al final): las tres realidades externas en que ellos habían confiado tanto, pensando que podían salvarlos.

 3:1-20

 

En los primeros cuatro versículos, el apóstol responde a una objeción hecha en contra de esta doctrina, enfrentando el problema que la enseñanza del capítulo 2 causaba en la mente de los judíos asistentes a la iglesia en Roma, el cual se hace evidente por su pregunta en el versículo 1: “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?”. Y en los versículos 5-8 invalida una malhumorada actitud de ellos ¡que no hace más que demostrar lo cierto de la afirmación de Pablo en el capítulo 2 acerca de que los judíos necesitan de esta justicia tanto como los gentiles! Y luego, desde el versículo 9 y hasta el versículo 20, resume su gran argumento diciendo que no hay ningún justo ante los ojos del Señor y que, por tanto, todos necesitamos de este ingrediente indispensable dado en el evangelio: la justicia de Dios.

 3:21-31

Casi puedo oír un silencio profundo después del versículo 20, porque el apóstol ha probado que todas las obras de los hombres no tienen ningún valor y, de esta manera, la confianza carnal —que poseen los seres humanos— ha llegado a su fin y a nadie le queda fuerzas para continuar con sus discursos de autojustificación tantas veces repetidos. Es bueno lograr esta situación donde cada boca queda cerrada. Ahora, hay un amplio vacío que necesita ser llenado; y Pablo lo hace con el infinito evangelio de Dios. Reitera que hay una justicia disponible para justificar a todos aquellos que creen en el Señor Jesucristo, y luego se embarca en una descripción de la única forma verdadera que hay de ser salvo y señala las características de esa salvación.

4:1-25

Pablo prueba que esta enseñanza no se puede descartar como una innovación. Lo hace al señalar que dos de los antiguos “héroes” de los judíos entendieron, hace mucho tiempo, que la única manera de obtener la salvación era por la fe. Asimismo, demuestra que tanto el uno como el otro eran plenamente conscientes en su época de que cualquier reconciliación con Dios que mereciera realmente denomirarse de ese modo no se obtenía por medio de lo que el hombre hiciera en forma de “buenas obras”, ni mediante un esfuerzo personal de observar la ley ni por un aspecto externo como la amputación ritual de la circuncisión.

 Capítulos 5-8

Habiendo probado hasta lo sumo que la justificación es solo por la fe, el apóstol pasa a considerar las consecuencias inevitables y reconfortantes de ella. Este gran plan —el “evangelio de Dios”— no puede ser frustrado, y todos aquellos que estén incluidos en el mismo desde antes de la fundación del mundo, serán sanos, salvos y estarán seguros de pasar la eternidad en la presencia del Dios trino, junto con todos los santos resplandecientes, y los ángeles elegidos y puros que nunca cayeron.

¿Por qué es esto así? ¿Cuáles son los fundamentos de semejante certeza? ¿Y cómo puede alguien anunciar tales hechos gloriosos con una confianza que hace que sus ojos brillen y que infunde valor a su voz? Se nos dan tres respuestas…

La primera se halla en los versículos 1-11 del capítulo 5: la salvación es obra de Dios, es su actuación poderosa y conmovedora en nuestras vidas; por eso, el dar lugar a pensamientos de incertidumbre, es imputar al Todopoderoso una debilidad que no existe en él. La segunda, que se ubica en los versículos 12-21 —también del capítulo 5—, explica que la iniciativa de Dios es nada menos que la de unirnos a Cristo. El cristiano es una persona que está en el Hijo amado y tiene una nueva Cabeza, un nuevo Representante, un joven y magnífico Abogado que va a hablar por él mientras los planetas arden; y como ese Abogado nunca ha perdido un caso, el creyente puede mantenerse confiadamente en pie mientras los demás a su alrededor tiemblan. La tercera abarca todo el capítulo 8: el Espíritu Santo está en nosotros para aplicarnos la rica provisión de apoyo disponible, la cual fortalecerá abundantemente nuestros miembros cansados mientras viajamos por la senda de los peregrinos, y así asegurará, por medio de una perseverancia inspirada por Dios, nuestra entrada final en la ciudad de luz cuyo Arquitecto y Constructor es Dios.

¡Quizá estés pensando que hemos “perdido” una porción de la Escritura! ¿Qué ha pasado con los capítulos 6 y 7? ¿Notaste que no los mencionamos en el párrafo anterior? Eso se debe a que, para una sólida comprensión, debemos tratarlos como capítulos que forman un largo paréntesis, pues su propósito era tratar dos problemas reales: los que surgieron principalmente debido a la afirmación concentrada de Pablo en el versículo 20 del capítulo 5, donde el apóstol expresa —no por primera vez en sus epístolas— algo que parece ser despectivo en cuanto a la ley. También anuncia allí que la gracia siempre cubre nuestros pecados; pues si la ofensa abunda, la gracia sobreabunda. Por ello existe la franca posibilidad de un profundo doble malentendido de sus enseñanzas: una confusión con respecto al propósito que subyace en la entrega de la ley y una interpretación errónea de la relación entre la gracia y el pecado. Así, los capítulos 6 y 7 abren en efecto como un paréntesis con el propósito de tratar esos problemas. El capítulo 6 investiga la relación entre el pecado y la gracia, y el 7 explica el propósito de la ley. Luego, habiendo restablecido una clara y tranquila comprensión, Pablo continúa en el capítulo 8 con ese gran tema de la seguridad y la confianza absolutas que podemos abrigar en cuanto a nuestra llegada final a la Gloria. Es, pues, el capítulo 8 una continuación del 5.

Hasta aquí, Pablo ha afirmado que este plan de salvación es maravilloso, magnífico, seguro, infalible e imposible de verse frustrado. Pero, teniendo en cuenta que solo un grupo pequeño de judíos lo había creído, ¿era en realidad tan maravilloso? Esta duda, que expreso aquí en forma de pregunta, no nace conmigo: estaba esparciéndose por todas las iglesias y perturbando la paz de muchos. Por eso Pablo toca este asunto en los capítulos 9 al 11 y defiende el plan de Dios rescatándolo de los malentendidos que lo habían desfigurado hasta tal punto de hacerlo irreconocible.

El versículo clave es el 9:6, y constituye una revelación: “No todos los que descienden de Israel son israelitas…”. Si permanece de forma errónea la idea de que el propósito de Dios durante la época del Antiguo Testamento era salvar a todos los judíos sin excepción, entonces tendremos graves problemas para probarnos a nosotros mismos, y cuánto más otros, que el plan de Dios es maravilloso, magnífico, cierto e imposible de frustrar, ya que fueron pocos, relativamente, los que creyeron en el Señor Jesucristo (situación que sigue hasta hoy en día). En cambio, si hay un claro entendimiento de que su anteproyecto eterno abraza el concepto de la selección —concepto cuyo germen encontramos en el 9:6—, entonces, todo se torna más comprensible. La visión neotestamentaria de la salvación para “todos” —o como muchas veces se expresa, del “mundo”— incluye la idea de todos sin distinción, no sin excepción; es decir, tanto gentiles como judíos serán ahora salvos: unos pocos de cada nación, tribu y lengua, en vez de solamente algunos de la originalmente separada y por ende distinta nación de Israel. En este versículo 6, el apóstol explica que no todos los que descienden de la nación de Israel son israelitas; o sea, el verdadero pueblo de Dios en un sentido redentor. Nunca fue el propósito de Dios salvar a todos los que nacieran dentro de las fronteras de la tierra que él dio a su antiguo pueblo. A la inversa: solo algunos están preparados de antemano para ser salvos; es decir, para recibir el poderoso llamamiento que despertó a Lázaro y que, con la misma eficacia, los hará salir también de su muerte espiritual. La verdad es que el designio de Dios solo hace referencia a ellos: al verdadero Israel, que ahora, bajo el nuevo pacto, se compone de judíos y gentiles; o sea, algunos de todas partes del mundo. Australianos, indonesios, africanos, europeos, sudamericanos, centroamericanos, norteamericanos, etc.; todos están incluidos ahora —todas las naciones—, y el Todopoderoso los salvará y no perderá a ninguno (Jn. 6:37,39). Así, en los capítulos 9 al 11, Pablo trata acerca de la fuente eterna de la salvación.

 9:1—11:36

El apóstol nos muestra las profundas doctrinas de la Preterición y la Elección (la determinación de pasar por alto a algunos y de salvar a otros: la doctrina del remanente) y vuelve a probar que no son ideas nuevas de su fértil imaginación al darnos varias referencias del Antiguo Testamento. Mas, para que nadie piense que la escasez relativa de creyentes judíos en la Iglesia cristiana significa que el Señor haya vuelto la espalda para siempre a su pueblo antiguo, Pablo explica que el rechazo de Israel no es permanente. De hecho, Dios ha planeado salvar a “todo Israel” en el futuro, y así “reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Ef. 1:10). Por lo maravilloso que es todo esto, Pablo prorrumpe lógicamente en alabanzas que están bien arraigadas en su entendimiento acerca de la profundidad de las riquezas del propósito de Dios (11:33-36). Cuanto más nos damos cuenta de su grandeza, las alabanzas empiezan a brotar de una fuente interior, las lágrimas de gratitud dan expresión visible a esa emoción interna, y nuestro rostro se eleva hacia el Cielo para adorar a Dios de una manera más adecuada: una manera que empieza a acercarse a lo que haremos alrededor del Trono por toda la eternidad.

 12:1—16:27

Como siempre sucede en las epístolas de Pablo, después de las doctrinas vienen la aplicación y la exhortación a poner en práctica esa gran transformación que Dios ha obrado en nuestras vidas. Y este debe ser siempre el orden; pues para que la exhortación sea eficaz, debe estar basada en una sólida doctrina o, de otro modo, no tendrá impacto alguno. Así que en estos capítulos finales, el apóstol, habiendo desplegado su doctrina, nos desafía a vivir conforme a nuestro estado especial como escogidos de Dios. Nos pregunta directamente qué tipo de personas deberíamos ser para alinearnos con lo que ahora puede decirse con verdad acerca de nosotros. La pregunta penetrante realmente se contesta a sí misma porque no hay más que una sola respuesta posible: deberíamos amar a Dios con pasión, temerle con un santo temblor, considerar a los demás más que a nosotros mismos, y ser los mejores ciudadanos de la nación. Así que, en estos capítulos, Pablo trata acerca de cómo llevar a la práctica la gloriosa realidad interna de nuestras vidas, y describe para todos los públicos el estándar que se espera de nosotros para con Dios, para con el Estado y los unos para con los otros. Luego termina la epístola de una manera que a primera vista parece insulsa; pero los sentidos saludos a su familia espiritual no se deberían considerar como un proceso de relajación, aunque tal vez fuera comprensible que el apóstol lo hiciera en vista de lo impresionante y poderoso de los capítulos anteriores. Los saludos, más bien, nos muestran su grande y amoroso corazón y subrayan la maravillosa realidad de que somos una familia. Aunque fuera cierto que Pablo está relajándose, no cabe duda de que vuelve a tomar impulso en la doxología final, pues en ella iguala lo que ha escrito anteriormente y exalta a nuestro Señor soberano: “Al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén”.

Extracto del Comentario a Romanos de Roy Davey Jenkins (Libro disponible aquí)

 

Mateo Hill

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