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Carta a un niño

Carta a un niño

Hace poco leí esta carta, y me impactó bastante.  Léela y verás como te toca el corazón.

Westwood,

Norwood, 1 de julio de 1890

¡Señor, bendice esta carta!

Querido Arthur Layzell:

Hace poco estuve en una reunión de oración donde había muchos ministros, y el tema de la oración era “nuestros niños”. Enseguida se me saltaron las lágrimas oyendo a esos buenos padres que suplicaban a Dios por sus hijos e hijas. Mientras continuaban con sus ruegos al Señor para que salvara a sus familias, mi corazón parecía a punto de estallar con el ferviente deseo de que así fuera. Entonces pensé: voy a escribir a esos hijos e hijas para recordarles las oraciones de sus padres.

Querido Arthur, tienes el gran privilegio de contar con unos padres que oran por ti. Tu nombre se conoce en los atrios del Cielo y tu causa ha sido presentada ante el trono de Dios.

¿No oras tú por ti mismo? Si no lo haces, ¿cuál es la razón? Si para otras personas tu alma es valiosa, ¿acaso está bien que tú la descuides? Comprende que los ruegos y las luchas de tu padre no te salvarán si nunca buscas al Señor personalmente. Eso lo sabes.

Tú no quieres entristecer a tu querida madre y tu querido padre, pero lo haces. Mientras no seas salvo, ellos jamás estarán tranquilos. Por muy obediente, agradable y bondadoso que seas, ellos jamás se sentirán felices con respecto a ti hasta que creas en el Señor Jesucristo y encuentres así la salvación eterna.

Piensa en esto; y recuerda cuánto has pecado ya y que nadie puede lavarte sino solo Jesús. Cuando crezcas, puedes llegar a ser un gran pecador, y nadie puede cambiar tu naturaleza y hacerte santo, sino únicamente el Señor Jesucristo mediante su Espíritu.

Necesitas lo que papá y mamá tratan de conseguir para ti, y lo necesitas AHORA. ¿Por qué no buscarlo enseguida? He escuchado a un padre pedir: “Señor, salva a nuestros hijos y sálvalos cuando aún son pequeños”. Nunca es demasiado pronto para estar seguros; nunca es demasiado pronto para ser felices; nunca es demasiado pronto para ser santos. A Jesús le encanta recibir a los más pequeños.

Tú no puedes salvarte a ti mismo, pero el poderoso Señor Jesucristo es capaz de hacerlo. Pídele que lo haga: “El que pide, recibe”. Luego, confía en que Jesús te salvará: puede hacerlo, ya que Él murió y resucitó para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

Ve y dile a Jesús que has pecado; busca el perdón; confía en que Él te lo da; y ten la seguridad de que eres salvo.

Luego imita a Nuestro Señor: sé en casa como Jesús era en Nazaret. Tu casa será un hogar feliz y tu padre y tu madre sentirán que se les ha concedido el deseo más preciado de sus corazones.

Pido que pienses en el Cielo y el Infierno, ya que en uno de esos sitios vivirás eternamente. Reúnete conmigo en el Cielo. Reúnete ahora mismo conmigo ante el trono de la gracia: sube corriendo las escaleras y ora al Padre poderoso, mediante Jesucristo.

Muy afectuosamente tuyo,

 C.H. Spurgeon

 

Así escribió el gran predicador Spurgeon a un niño de corta edad.  Tal fue su amor hacia los niños y su deseo que se salvaran que toma el tiempo para escribir esta carta para implorar a este niño Arthur que busque al Señor.  ¡Que el Señor nos dé el mismo corazón hacia los niños!

(Extracto de Spurgeon: Una nueva biografía)

Mateo Hill
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