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¡36 años!

¡36 años!

¡El miércoles de la semana pasada cumplí 36 años! Vale, los que me conocen saben que esto es imposible, en especial tomando en cuenta que llevo 27 años casado. Me refiero, claramente, a mi cumpleaños espiritual.

Fecha de mi conversión

No todo el mundo puede poner fecha al día de su conversión, pero yo sí. Creo que el Señor lo hizo así porque me conoce. Con las dudas que van rondando mi cabeza como pájaros, sería muy fácil para Satanás acercarse y susurrar al oído: «Pero Mateo, ni te acuerdas de cuándo, ni cómo; ¿estás seguro de ser creyente?»

Pero, gracias a Dios, sí puedo recordarlo, como si fuera ayer. Recuerdo que el sábado habíamos bajado en tren a Londres todos los jóvenes de la iglesia para asistir a un encuentro nacional que se celebraba en Westminster Chapel, donde antes había sido pastor el Doctor Martyn Lloyd-Jones. Estando allí, en ese edificio tan emblemático, me puse a observar. No era nada nuevo para mí, había estado en otras ocasiones. Pero, al observar a los demás jóvenes, me di cuenta de que aunque parecíamos iguales, muchos de ellos tenían algo que no tenía yo.

Conocía el evangelio pero me faltaba algo

Yo tenía un conocimiento del evangelio, habiendo sido criado en una casa pastoral. Asistía a la iglesia desde antes de nacer. Lideraba el grupo bíblico en mi colegio. Defendía la Biblia delante de mis profesores. Los domingos pasaba horas enteras en la iglesia en diferentes actividades y tocaba el piano en los cultos.

Pero me faltaba algo. Y así volví a mi casa aquel sábado por la noche. El día después fui a la iglesia. Había predicador invitado, un hombre mayor. No recuerdo lo que predicó, pero sí la sensación de necesidad de un salvador. Sabía lo que tenía que hacer, así que volví a casa, entré en mi dormitorio, llamé a mi padre, y él me guió a la cruz, a los pies de aquel a quien por primera vez reconocí como mi Señor y mi Dios.

Solo por gracia

Cada vez que llega el aniversario y miro atrás hacia aquel 9 de marzo y pienso en todo lo que ha pasado, tanto bueno como malo, desde aquel día, hay muchas emociones que surgen dentro, muchas palabras que pasan por mi cabeza. Y una que nunca falta, una palabra que siempre está en mis labios al hablar de mi conversión: gracia.

La gracia de Dios al decidir amarme antes de la fundación del mundo, la gracia de enviar a su Hijo a morir en mi lugar en la cruz; y, ¿cómo no?, la gracia de permitir que un pecador como yo de alguna forma le sirva. ¿Cómo puede un Dios tan santo y perfecto tener trato con un sinvergüenza como yo? ¿Cómo puede Dios usarme en su servicio? ¿Y cómo, sí, cómo, puede un Dios infinitamente soberano, recibir gloria, aunque solo una pizca, de cualquier cosa que pudiera hacer uno como yo?

Solo hay una respuesta: la gracia infinita de mi Dios. Después de 36 años el viejo himno sigue teniendo razón: «Soy sólo de gracia deudor…».

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Mateo Hill

director@editorialperegrino.com

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